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Constitución
El barrio de Constitución tiene fama de peligroso. Yo no sé si durante todos éstos años tuve suerte, o si el ambo blanco actúa de escudo protector. Pero resulta que hace no menos de cinco años que salgo de la Facultad de Odontología de noche, y me vengo acá, a la terminal del San Vicente para tomarme el 79 que me lleva a mi casa.
Detesto el tren, más en hora pico; prefiero viajar en colectivo, aún si éste tarda horas. Antes lo tomaba al lado de la estación del tren, pero la terminal me da más seguridad; acá la gente no se la ve apurada, amontonada y es mucho más limpia que la calle Brasil.
Me bajo del 39 y veo salir de la terminal el 79 que me deja en la esquina de mi casa. Saludo a Tifany, la travesti que espera a sus clientes en la esquina de Pavón y Santiago del Estero; no tengo apuro alguno, el próximo bondi saldrá en veinte o treinta minutos mínimo.
Que boluda fui, tendría que haberle comprado al vendedor ambulante la promo de 3x2 en chicles: el quiosco de la terminal ya está cerrado.
Estoy sola esperando. Veo bajar de la oficina a un chófer, pero es de la línea 51. Si fuese más temprano, tal vez me subiría para emprender un viaje espontáneo a la ciudad de Cañuelas; pero ¿cómo me vuelvo de ahí?, además me olvidé el fibrón.
Dos hombres de unos cuarenta años entran, se suben a una parecita y sacan dos colchones con frazadas de arriba del techo del quiosco. Arman su lecho reparandose del frío. Me pregunto si habrán comido algo hoy. No tengo los chicles, pero tengo unas facturas que me traje de la merienda. Me acerco, con cierto temor y una pizca de pena y les ofrezco el paquete armado entre servilletas. Ellos lo aceptan y yo vuelvo a la "fila" a esperar.
Ya son las 23:00, por lo menos debería haber entrado un colectivo, el que sea. Pase de estar parada, a apoyarme contra una pared, y ahora me rendí y me senté en el piso. Trato de no sacar el celular, sólo lo hago para ver la hora; porque ya es bastante tarde y no se cuánto poder tiene mí ambo.
Un hombre me pregunta a qué bondi espero, y le digo "al 79 que va hasta Adrogué", "Ok, yo espero al mismo", me dice. Instantáneamente empezamos a hablar, me comenta que es de Mármol y que trabaja en una fábrica a tres cuadras. Mi vestimenta le da una pista para adivinar qué hago; traté de cambiar de tema, pero terminamos hablando de pernos, coronas y aranceles.
Ya no hay trenes a ésta hora, rezo para que entre por el portón un colectivo; ya cualquiera me viene bien. Una luz potente, como de reflector, se imprime en el paredón: está entrando mi carruaje. Me levanto del piso, me sacudo el ambo, afino la vista y veo que dice Claypole. Ya fue, me subo igual, no quiero esperar más .
El chófer estaciona en la dársena. Yo lo miro a Gastón, que ya entró en tanta confianza que lo tengo de sombra: me levanta el bolso del piso y me hace un gesto para que avance a la puerta y me suba.
-¿Ya sale jefe?, le pregunta él.
Yo puse mi mejor cara de lástima, es casi medianoche. El chófer apaga el motor, mientras que a mí me empieza a correr un sudor frío por la espalda. Ya veo que no sale y me tengo que tomar un taxi: el tren de las 22:16 no era tan mala idea.
-Si, en diez sale, nos dice, mientras se baja a estirar las piernas.
Gastón me ofrece subir primero, camino hacia el fondo, me siento en un asiento doble, del lado de la ventanilla. Me sorprendo al ver que él se sienta al lado mío, yo lo miro y le sonrío. Por dentro pienso que a veces vale la pena esperar.
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