Camas
La primera cama en la que dormí sola fue la primera cama de mi madre. Existe una tradición en mi familia de hace años: heredar las camas de los padres; aunque sea por unos años dormir sobre esas vigas, esos elásticos metálicos que hacían que cualquier colchón de goma espuma angosto, se sintiese como el mejor somier de éste tiempo. En mi caso, heredé la de mamá, y mi hermano la de papá. En este momento no se me ocurre otra tradición familiar más que ésta: el traspaso de las camas entre padres e hijos.
Era una cama de madera marrón barnizada, con cabecera y piecera labradas y altas: era como una cuna, sin baranda. Me acuerdo que para cuando cumplí cinco años, mis padres la restauraron, pintándola de un gris perla para que hiciese juego con los demás muebles de mi habitación. Fue desde ese momento que empecé a dormir sola. En el verano del 2002 me despedí del elástico de metal, para darle la bienvenida al colchón con resortes. Me costó acostumbrarme a dormir sin escuchar el chirrido del viejo sostén de hojalata y a levantarme unos centímetros más cerca del piso. A mis amigas les encantaba quedarse a dormir en mi casa; se sentían en un cuento hadas, decían que dormían en la cama de uno de los enanitos de Blancanieves. Hasta ese momento, no había notado que mí cama era bastante más corta que la mayoría y ese detalle me hizo quererla aún más. Tenía solo un metro setenta de largo. Fue mi única cama mientras viví con mis padres. Tuve algunas oportunidades de cambiarla, de pasarme a una más grande: pero por dentro temía sentirme en el vacío. En la cama leía, escribía, pero sobretodo, soñaba despierta con que era la Bella Durmiente y que por mi ventana entraría un príncipe a rescatarme. Ya en la adolescencia, me pasaba tardes enteras mirando los posters que había pegado en el placar, desde la comodidad de mi cama. Durante el mes de Febrero la dejaba "descansar", para pasarme a la cama del departamento de Mar del Plata. Ésta tenía la particularidad de un transformer. No sólo era un sofá de día y una cama de noche, sino que además se podía hacer matrimonial o sacar otra cama y tener dos camas totalmente separadas. Era un cero en comodidad: tenía unas maderitas que se encastraban y formaban el elástico; eran tan frágiles como los palitos de helado. Había que subirse con mucha delicadeza, no te podías parar, ni arrodillar encima, había que dormir rígido como un soldado. Recién a los veintidós años comencé a dormirme en otras camas. En camas de dos plazas, queen y king-size, hasta tuve un novio bastante hippie con el que dormía en un colchón apoyado sobre 2 pallets. No voy a mentir diciendo que en esos momentos extrañaba la mía: era más grande el deseo de guardármela sólo para mí, que no me importaba descansar un par, solo un par, de noches lejos de ella. El día que empezamos a ver camas matrimoniales con mi novio, me acuerdo que recorrimos todos los locales y probamos todos los modelos habidos y por haber. Su mamá nos la iba a regalar para el casamiento. Yo no me decidía. Nunca nadie me había dado la posibilidad de elegir mi cama, estaba en la tradición heredarla...Casi heredamos la de mi suegra, pero ella se negó diciendo que era un vejestorio. Si supiese dónde dormí toda mí vida, y que yo realmente prefería el vejestorio antes que una cama nueva, pero su insistencia me ganó y terminamos optando por un somier. A días de casarnos por fin nos llega la cama de dos plazas, ¿por qué una más grande?. Fue extraño al principio acostarme, estirar las puntas de los pies intentando jugar con una piecera que no estaba; levantar los brazos y tocar la pared, en vez de sentir la silueta de un respaldo provenzal y sus arabescos. Fue pasar del ruido de las uniones falseadas de tornillos y madera, a un silencio poco familiar. Ésta sigue siendo mi cama hoy, mi hija ya duerme en la de princesas y se oye como juega con los pies empujando la madera; yo volví a sentirme en casa.
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