Adrogué: Mi barrio

 Salgo de casa y voy caminando hacía la estación. Vivo en una zona de casas de varias dimensiones. Se nota que antes eran casa quintas; algunas conservan las casonas de mas de 100 años, con techos de teja roja, altos, con puertas y ventanas que acompañan su inmensidad.

 La casa de al lado tiene la pared un tanto inclinada, sostenida por postes de madera del lado de adentro. Las veredas son muy angostas, algunas con pisos modernos, alisados o con adoquines; el resto con el clásico piso de vainillas del siglo pasado. Esta calle no tiene árboles; no hay nada que repare ni del sol ni de la lluvia mientras camino. Pero ni bien doblo a la izquierda el paisaje es totalmente distinto. La calle es de adoquín y tiene el doble de ancho de la anterior. Las veredas también son mas espaciosas, porque en ellas se alojan plátanos, tilos y pequeños jardines. Tengo que prestar mas atención al caminar, porque las raíces de los arboles añejos levantaron las baldosas; reflejo de su resistencia a ser urbanizados. Sigo caminando y me encuentro con que varias casas tienen en su frente jazmines chinos; esos de flores chiquititas pero con un perfume que enamora a cualquiera. Se hace difícil caminar entre las raíces y los charcos que quedaron de la lluvia matinal. Camino sigilosamente, como en un campo minado, para no pisar una baldosa floja y así terminar con un salpicré en el pantalón. Se nota que salí al mediodía por la cantidad de madres, padres y celadoras con niños tomados de sus manos; arrastran las mochilas con varios abrigos atados y llevan en sus caras una sonrisa que dice "ya vamos a casa". Cruzo la calle ancha de adoquines para hacer una parada en la confitería de la esquina. Es una confitería muy paqueta y conocida, tiene para mí las mejores medialunas. Pero ésta vez no se me antoja medialunas, sino sanguchitos de miga. Es obvio que igual me voy a llevar algunas para mas tarde. Hay dos personas en la cola, una es un chico de mi edad, creo que iba a mi colegio, y está acompañado de una beba preciosa. Es mi turno y pido tres sanguchitos de jamón y queso y tres de crudo. -¿Algo más? me pregunta la chica que atiende. Qué ganas de mostrarme segura y decirle que no; pero tanto ella, yo, como el perro de la esquina, sabían que algo más siempre me llevo. Ya con mi paquete de sanguchitos y medialunas "para la tarde" me dirijo a la plaza de la estación. Paso por la librería más cara del barrio, pero que tiene lo último en papelería y fibras para lettering. Hace un tiempo empecé a incursionar en mi caligrafía, pero todavía sigo teniendo letra de un cirujano con Parkinson. Paso por unos locales que están debajo de un edificio de departamentos. Son seis locales, de los cuales dos son peluquerías. En ese edificio deben vivir muchas señoras coquetas, pienso: Adrogué es un barrio coqueto. Paso por otra panadería, pero en ésta sólo entro cuando se me antojan masitas secas. Tienen de todos los tipos: bananitas con chocolate, lengüita de gato, pepas de todos los colores, conitos de dulce de leche, coquitos, todo todo! Lo curioso de ésta panadería es que se llama Tortas Adrogué, sin embargo las tortas no son para nada su mejor fuerte. El primer premio se lo llevan las masas secas y el segundo las tartas saladas: nos salvan de cocinar cuando volvemos cansados del trabajo. Estoy a una cuadra de la plaza y ya se escuchan las hamacas, las risas de los chicos, las piedritas rozarse unas con otras por los nenes que juegan a la mancha. Veo un banco libre, al lado del subí baja. Me siento a ver las flores lilas de los jacarandás que resistieron la tormenta.

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