Salamandra

Cenizas de algo más

que diarios y leña

acaparan el ventilete

de la salamandra.

 

Un hollín negro

duro y brillante,

como restos de lava

de un volcán

que erupcionó hace tiempo.

 

En cuatro años,

nunca la pude encender.

los olvidos del pasado

obstruyendo el largo tiraje

impiden al humo respirar,

ver la luz y ser libre.

El fuego se apaga.

 

¿Dónde se hallaba el problema?

¿Acaso no la limpie bien?

Allí estaba la dama de hierro

y yo no podía hacerla funcionar.

allí, estatua negra, esperando con paciencia

ser la estrella de la casa.

 

En todos estos años

descuide lo que no se veía,

lo que las tejas rotas y el techo asimétrico tapaban.

El final del recorrido cargaba

con el hollín más denso de todos,

con nidos viejos, restos de hojas e insectos.

 

Intento una vez más,

-la última “vez”-.

El papel y las ramas se consumen

en una sola llamarada feroz

que invita a echar la leña al fuego.

Victoriosa, ella se enciende,

yo me quemo.

Imposible salir ilesa.


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